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Hubo un tiempo en que yo vivía sin Ley, pero al llegar el precepto, tomó vida el pecado, (Romanos 7, 9)
y yo, en cambio, morí. Así resultó que el mandamiento que debía darme la vida, me llevó a la muerte. (Romanos 7, 10)
Porque el pecado, aprovechando la oportunidad que le daba el precepto, me sedujo y, por medio del precepto, me causó la muerte. (Romanos 7, 11)
De manera que la Ley es santa, como es santo, justo y bueno el precepto. (Romanos 7, 12)
¿Pero es posible que lo bueno me cause la muerte? ¡De ningún modo! Lo que pasa es que el pecado, a fin de mostrarse como tal, se valió de algo bueno para causarme la muerte, y así el pecado, por medio del precepto, llega a la plenitud de su malicia. (Romanos 7, 13)
Y ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. (Romanos 7, 15)
Pero si hago lo que no quiero, con eso reconozco que la Ley es buena. (Romanos 7, 16)
Pero entonces, no soy yo quien hace eso, sino el pecado que reside en mí, (Romanos 7, 17)
porque sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mi carne. En efecto, el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. (Romanos 7, 18)
Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí. (Romanos 7, 20)
De esa manera, vengo a descubrir esta ley: queriendo hacer el bien, se me presenta el mal. (Romanos 7, 21)
Porque de acuerdo con el hombre interior, me complazco en la Ley de Dios, (Romanos 7, 22)