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Veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no sólo por la fe. (Santiago 2, 24)
¿Y Rajab, la prostituta, no fue también justificada por las obras, al recibir a los mensajeros y hacerles partir por otro camino? (Santiago 2, 25)
De la misma manera las naves, que, aun siendo tan grandes y azotadas por vientos impetuosos, son dirigidas por un pequeño timón, según la voluntad del piloto. (Santiago 3, 4)
Toda clase de bestias y de aves, de reptiles y de peces es domable, y ha sido de hecho domada por los hombres. (Santiago 3, 7)
Pero nadie ha podido domar nunca la lengua: es un azote irrefrenable, llena de veneno mortífero. (Santiago 3, 8)
Con ella bendecimos al Señor, nuestro Padre; y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios. (Santiago 3, 9)
¿Acaso una fuente echa por el mismo caño agua dulce y amarga? (Santiago 3, 11)
Pero si tenéis en vuestros corazones envidia amarga y espíritu de contradicción, no presumáis ni mintáis contra la verdad. (Santiago 3, 14)
pues donde hay envidia y espíritu de contradicción, allí hay desorden y toda clase de obras malas. (Santiago 3, 16)
La sabiduría de arriba, por el contrario, es ante todo pura, pacífica, condescendiente, conciliadora, llena de misericordia y de buenos frutos, imparcial, sin hipocresía. (Santiago 3, 17)
Ambicionáis y no tenéis, entonces matáis; envidiáis y no podéis alcanzar nada, entonces combatís y os hacéis la guerra. No tenéis porque no pedís. (Santiago 4, 2)
Pedís y no recibís porque pedís para malgastarlo en vuestros caprichos. (Santiago 4, 3)