Mosaico decorativo

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  • Estando así las cosas, estalló la sublevación de las ciudades de Tarso y Malos porque habían sido dadas como regalo a Antioquida, concubina del rey. (II Macabeos 4, 30)

  • Esto causó indignación y mal efecto no sólo entre los judíos, sino también en otras naciones, por la muerte inicua y arbitraria de Onías. (II Macabeos 4, 35)

  • Al marchar, dejó ministros suyos para hacer mal al pueblo: en Jerusalén, a Filipo, de origen frigio y de modales más salvajes que el que lo había puesto; (II Macabeos 5, 22)

  • Pesado era para todos e insoportable el incremento de tantas maldades, (II Macabeos 6, 3)

  • de forma que los que no quisieran pasarse a los usos helenísticos fueran degollados. Entonces pudo apreciarse toda la extensión de los males que se venían encima. (II Macabeos 6, 9)

  • En tanto que el Señor tiene paciencia con las otras gentes para darles el castigo cuando han llegado a la plenitud de la maldad, quiere conducirse con nosotros de una manera muy diversa. (II Macabeos 6, 14)

  • que se acordara también de la muerte inicua de niños inocentes y de las blasfemias contra su nombre, y que mostrara su indignación contra los malvados. (II Macabeos 8, 4)

  • Otros, en cambio, vendían lo que les quedaba y suplicaban a Dios que los librara del malvado Nicanor, que los había vendido antes de llegar. (II Macabeos 8, 14)

  • Mataron al filarca de Timoteo, hombre cruel que había hecho mucho mal a los judíos. (II Macabeos 8, 32)

  • Y el malvado oraba a Dios -que no había de compadecerse de él-, y decía (II Macabeos 9, 13)

  • Después, postrados en tierra, pedían al Señor que no volvieran ya a caer jamás en semejantes males; sino que, si de nuevo cometían la iniquidad, los castigara él mismo blandamente, sin entregarlos de nuevo en manos de gentiles, salvajes y blasfemos. (II Macabeos 10, 4)

  • Durante ocho días celebraron con regocijo la fiesta como la de los tabernáculos, recordando que poco antes habían pasado la fiesta de los tabernáculos en montes y cuevas, como si fueran animales salvajes. (II Macabeos 10, 6)


"As almas! As almas! Se alguém soubesse o preço que custam". São Padre Pio de Pietrelcina