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los que comen mi pan son malas lenguas". ¡Cuántas veces y cuántos se burlarán de él! (Eclesiástico 20, 17)
El sabio se hace estimar por sus palabras, el prudente agrada a los grandes. (Eclesiástico 20, 27)
Terror y violencia devastan los palacios, la casa del orgulloso será desolada. (Eclesiástico 21, 4)
Si un hombre instruido escucha una palabra sabia, la alaba y añade algo; pero si la oye un necio, le desagrada y la echa a la espalda. (Eclesiástico 21, 15)
Las palabras del necio pesan como la carga al caminante, pero los labios inteligentes destilan placer. (Eclesiástico 21, 16)
El parecer del hombre sensato es solicitado en la asamblea, sus palabras se meditan en el corazón. (Eclesiástico 21, 17)
Los labios de los necios dicen disparates, pero las palabras de la gente sensata se pesan en la balanza. (Eclesiástico 21, 25)
Señor, padre y dueño de mi vida, no me abandones a sus halagos, no permitas que caiga por ellos. (Eclesiástico 23, 1)
Un hombre fácil para jurar se llenará de iniquidad, y el azote no se alejará de su casa. Si peca, su pecado pesará sobre él; si obra a la ligera, pecará doblemente; si jura en vano, no estará exento de culpa, su casa se llenará de calamidades. (Eclesiástico 23, 11)
Hay modos de hablar que merecen la muerte. ¡Ojalá no los haya en la casa de Jacob! Porque todas estas cosas han de estar lejos de los piadosos, y así no se revolcarán en los pecados. (Eclesiástico 23, 12)
No acostumbres tu boca a la grosería indecente, porque en ella se encuentra la palabra pecaminosa. (Eclesiástico 23, 13)
La sabiduría se alaba a sí misma y se gloría en medio de los suyos. (Eclesiástico 24, 1)