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En efecto, ¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios. (I Corintios 2, 11)
Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, (I Corintios 2, 12)
de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales. (I Corintios 2, 13)
El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede conocer pues sólo espiritualmente pueden ser juzgadas. (I Corintios 2, 14)
En cambio, el hombre de espíritu lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarle. (I Corintios 2, 15)
Os di a beber leche y no alimento sólido, pues todavía no lo podíais soportar. Ni aun lo soportáis al presente; (I Corintios 3, 2)
pues todavía sois carnales. Porque, mientras haya entre vosotros envidia y discordia ¿no es verdad que sois carnales y vivís a lo humano? (I Corintios 3, 3)
¿Qué es, pues Apolo? ¿Qué es Pablo?... ¡Servidores, por medio de los cuales habéis creído!, y cada uno según lo que el Señor le dio. (I Corintios 3, 5)
Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento. (I Corintios 3, 6)
De modo que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer. (I Corintios 3, 7)
Y el que planta y el que riega son una misma cosa; si bien cada cual recibirá el salario según su propio trabajo, (I Corintios 3, 8)
ya que somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificación de Dios. (I Corintios 3, 9)