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David oyó en el desierto que Nabal estaba esquilando su rebaño, (I Samuel 25, 4)
Pregunta a tus servidores y ellos te informarán. Que estos muchachos reciban de ti una buena acogida, ya que llegamos en un día de fiesta. Dales, te lo ruego, lo que tengas a mano, para tus servidores y para tu hijo David’". (I Samuel 25, 8)
Los jóvenes fueron a decir a Nabal todas estas cosas de parte de David, y se quedaron esperando. (I Samuel 25, 9)
Pero Nabal respondió a los servidores de David: "¿Quién es David y quién es el hijo de Jesé? Hoy en día hay muchos esclavos que se evaden de su dueño. (I Samuel 25, 10)
Los jóvenes de David reanudaron la marcha y se fueron de vuelta. Al llegar, transmitieron a David todas estas palabras. (I Samuel 25, 12)
Entonces David dijo a sus hombres: "Que cada uno se ciña su espada". Ellos se ciñeron cada uno su espada, y también David se ciñó la suya. Luego, unos cuatrocientos hombres subieron detrás de David, y los otros doscientos se quedaron con el equipaje. (I Samuel 25, 13)
Uno de sus servidores le avisó a Abigail, la esposa de Nabal: "Mira que David envió a unos emisarios desde el desierto, para saludar a nuestro patrón, y él se abalanzó sobre ellos. (I Samuel 25, 14)
Mientras Abigail, montada en su asno, bajaba por un recodo de la montaña, David y sus hombres bajaban en dirección a ella. (I Samuel 25, 20)
Entre tanto, David pensaba: "En vano he protegido todo lo que este tenía en el desierto, sin que se le perdiera ninguno de sus bienes. Él me ha devuelto mal por bien. (I Samuel 25, 21)
¡Que Dios castigue a David una y otra vez, si dejo con vida hasta el alba a uno solo de sus hombres!". (I Samuel 25, 22)
Apenas vio a David, Abigail bajó inmediatamente del asno, y cayó ante él con el rostro en tierra. (I Samuel 25, 23)
Entonces David dijo a Abigail: "¡Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, que hoy te envía a mi encuentro! (I Samuel 25, 32)