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Sus pies corren hacia el crimen y se apresuran a derramar sangre inocente; sus planes son criminales; sólo devastación y ruina por donde pasan. (Isaías 59, 7)
Pues son muchos nuestros delitos ante ti, y nuestras iniquidades contra nosotros testifican; sí, presentes tenemos nuestros crímenes y reconocemos nuestras perversidades: (Isaías 59, 12)
Alza en torno los ojos y contempla; todos se reúnen y vienen a ti, tus hijos llegan de lejos y tus hijas son traídas en brazos. (Isaías 60, 4)
¿Quiénes son esos que vuelan como una nube, como palomas a su palomar? (Isaías 60, 8)
Su raza será renombrada entre las naciones y sus vástagos en medio de los pueblos. Todos cuantos los vean reconocerán que son la raza bendita del Señor. (Isaías 61, 9)
Él había dicho: Realmente son mi pueblo, hijos que no serán traidores. Y fue su salvador (Isaías 63, 8)
y diciendo: ¡Quédate ahí, no te me acerques, porque te santificaría! Todos ellos son humo en mi nariz, fuego que arde sin cesar. (Isaías 65, 5)
Éstas son las palabras de Jeremías, hijo de Jelcías, de la familia de sacerdotes que habitaban en Anatot, en el territorio de Benjamín. (Jeremías 1, 1)
¿Acaso algún pueblo cambia de dioses? -y eso que ni dioses son-. Pues mi pueblo ha cambiado su gloria por la impotencia. (Jeremías 2, 11)
¿Dónde están los dioses que te has fabricado? ¡Levántense ellos a ver si te salvan en el tiempo de tu angustia! Porque tan numerosos como tus ciudades son tus dioses, oh Judá. (Jeremías 2, 28)
Cesaron los aguaceros y la lluvia tardía no llegó; pero con tu rostro de mujer perdida ni siquiera te has sonrojado. (Jeremías 3, 3)
Oh, sí, las colinas no son más que mentira, así como el tumulto de los montes. Realmente sólo el Señor, nuestro Dios, es la salvación de Israel. (Jeremías 3, 23)