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Pero no pienses que tú vas a quedar sin castigo, pues te has atrevido a desafiar a Dios". (II Macabeos 7, 19)
Antíoco sospechaba que lo despreciaba, y pensó que también lo recriminaba. Pero, con todo, al más joven, que quedaba todavía, no solamente le exhortaba con palabras, sino que le prometía con juramento enriquecerlo de una vez y hacerle el más feliz, y, una vez que hubiera renegado de su religión y abandonado las leyes patrias, tenerle como amigo, proveerle de todo lo necesario y darle un cargo de gobierno. (II Macabeos 7, 24)
Pero tú, el más criminal de todos los hombres, no te enorgullezcas sin motivo, confiando neciamente en esperanzas vanas, mientras te atreves a levantar tu mano contra sus siervos. (II Macabeos 7, 34)
Así murió también éste, sin mancha, y confiando plenamente en el Señor. (II Macabeos 7, 40)
sino que lucharan valientemente, teniendo presente la profanación sacrílega llevada a cabo en el lugar santo, la injuriosa opresión de la ciudad y la abolición de las instituciones antiguas. (II Macabeos 8, 17)
Lleno de ira, se propuso hacer pagar a los judíos la injuria recibida de quienes lo habían puesto en fuga. Y así mandó al conductor de su carro apresurar la marcha sin parar en el momento en que venía sobre él el juicio de Dios. Pues se decía, lleno de orgullo: "En cuanto llegue a Jerusalén, haré de la ciudad un cementerio de judíos". (II Macabeos 9, 4)
Pero el Señor, Dios de Israel, que lo ve todo, lo hirió con una llaga incurable e invisible. Pues no había terminado de hablar cuando sintió dentro de sí un insoportable dolor de entrañas, acompañado de agudos dolores en los intestinos. (II Macabeos 9, 5)
Después, postrados en tierra, pedían al Señor que no volvieran ya a caer jamás en semejantes males; sino que, si de nuevo cometían la iniquidad, los castigara él mismo blandamente, sin entregarlos de nuevo en manos de gentiles, salvajes y blasfemos. (II Macabeos 10, 4)
Fue entonces cuando Gorgias, nombrado general de aquellas regiones, comenzó a reunir tropas mercenarias y a hostigar sin tregua a los judíos. (II Macabeos 10, 14)
Todos a una bendijeron a Dios misericordioso; y de tal forma cobraron ánimo y valor, que se sentían capaces de acometer no sólo a hombres, sino a fieras y aun a penetrar los muros de hierro. (II Macabeos 11, 9)
Trasladado nuestro padre a los dioses, y deseando que todos nuestros súbditos puedan preocuparse de sus negocios sin temor alguno, (II Macabeos 11, 23)
habiendo sabido que los judíos no quieren adoptar los usos helénicos, como deseaba nuestro padre, sino que prefieren conservar sus instituciones, pidiéndonos que les dejemos con sus leyes, (II Macabeos 11, 24)