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Y sé que este hombre -en cuerpo o en espíritu, no lo sé, Dios lo sabe- (II Corintios 12, 3)
fue arrebatado al paraíso, y oyó palabras inefables que el hombre no puede expresar. (II Corintios 12, 4)
De ese hombre presumiré, pero de mí no presumiré sino de mis flaquezas. (II Corintios 12, 5)
Si intentase presumir, no sería ninguna tontería, pues diría la verdad; pero no lo hago, para que nadie me considere sobre lo que ve en mí y oye de mí. (II Corintios 12, 6)
Y para que no sea orgulloso por la sublimidad de las revelaciones, me han clavado una espina en el cuerpo, un ángel de Satanás, que me abofetea para que no me haga un soberbio. (II Corintios 12, 7)
Tres veces he pedido al Señor que me saque esa espina, (II Corintios 12, 8)
y las tres me ha respondido: "Te basta mi gracia, pues mi poder triunfa en la flaqueza". Con gusto, pues, presumiré de mis flaquezas para que se muestre en mí el poder de Cristo. (II Corintios 12, 9)
Por tercera vez estoy a punto de ir a veros, y tampoco seré una carga para vosotros; pues no busco vuestras cosas, sino a vosotros mismos. Porque no son los hijos los que deben ahorrar para los padres, sino los padres para los hijos. (II Corintios 12, 14)
Yo gastaré lo que tenga y me desgastaré yo mismo por vosotros, aunque, amándoos yo tanto a vosotros, vosotros me améis menos a mí. (II Corintios 12, 15)
Os parecerá hace rato que me estoy justificando ante vosotros. Estoy hablando ante Dios y como creyente en Cristo; queridísimos, todo esto es para vuestro provecho. (II Corintios 12, 19)
Pues temo que cuando yo vaya no os encuentre como yo quisiera, y vosotros no me encontréis a mí como vosotros quisierais; temo que haya rivalidades, envidias, animosidades, ambiciones, discordias, detracciones, murmuraciones, engreimientos, alborotos; (II Corintios 12, 20)
y que, cuando llegue, me humille mi Dios por causa vuestra y tenga que llorar por muchos que antes pecaron y no se han arrepentido de la impureza, de la lujuria y el desenfreno a que se entregaron. (II Corintios 12, 21)