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Al tercer día José les dijo: "Haced esto para salvar la vida, porque yo temo a Dios: (Génesis 42, 18)
Pero habéis de traerme a vuestro hermano menor. Así serán verificadas vuestras palabras y no moriréis". Ellos lo hicieron así. (Génesis 42, 20)
Y se decían unos a otros: "Verdaderamente estamos pagando lo que hicimos con nuestro hermano. Lleno de angustia nos pedía clemencia, y no le hicimos caso. Por eso nos ha venido esta desgracia". (Génesis 42, 21)
Rubén les respondió: "Ya os dije yo que no hicierais ningún mal al muchacho, pero no me escuchasteis. Ahora se nos pide cuentas de su sangre". (Génesis 42, 22)
Ellos no sabían que José les entendía, porque entre él y ellos había un intérprete. (Génesis 42, 23)
Entonces se retiró y lloró. Después volvió y les habló; y tomó a Simeón y, en su presencia, mandó que lo metieran en la cárcel. (Génesis 42, 24)
Al acampar por la noche, uno de ellos abrió su saco para dar de comer a su asno y vio que su dinero estaba en la boca del saco, (Génesis 42, 27)
y dijo a sus hermanos: "Me han devuelto mi dinero: está aquí en mi saco". Con el corazón sobresaltado y temblando se decían unos a otros: "¿Qué es lo que Dios nos ha hecho?". (Génesis 42, 28)
"El hombre que es señor del país nos habló duramente y nos tomó por espías contra el país. (Génesis 42, 30)
Somos doce hermanos hijos de un mismo padre; uno ya no vive y el menor se ha quedado con nuestro padre en la tierra de Canaán. (Génesis 42, 32)
Pero aquel hombre, señor del país, nos respondió: De este modo sabré si sois sinceros: dejad conmigo aquí uno de vuestros hermanos, tomad lo necesario para vuestras familias hambrientas y partid. (Génesis 42, 33)
Pero a la vuelta traedme a vuestro hermano menor; así sabré que no sois espías, sino hombres de bien. Luego devolveré a vuestro hermano y podréis comerciar en este país". (Génesis 42, 34)