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Porque si uno escucha la palabra y no la practica, es semejante a un hombre que mira su cara en un espejo (Santiago 1, 23)
Pero el que considera atentamente la ley perfecta de la libertad y persevera en ella, no como un oyente olvidadizo, sino como un activo cumplidor, será dichoso en practicarla. (Santiago 1, 25)
Hermanos míos, no mezcléis con favoritismos la fe de nuestro Señor Jesucristo glorificado. (Santiago 2, 1)
Si entra en vuestra asamblea un hombre con anillo de oro y vestido elegantemente, y entra también un pobre con vestido miserable, (Santiago 2, 2)
y vosotros volvéis vuestra mirada al que viste elegantemente y le decís: Tú, siéntate aquí, en el puesto de honor, y al pobre: Tú estáte de pie o siéntate aquí, a mis pies, (Santiago 2, 3)
Pero si tenéis favoritismos, cometéis un pecado, y la ley os condena como transgresores. (Santiago 2, 9)
Porque el que guarda toda la ley, pero peca aunque sólo sea contra un mandamiento, se hace culpable de todos. (Santiago 2, 10)
Pues el que ha dicho: No cometerás adulterio, ha dicho también: No matarás. Porque si no cometes adulterio y matas, te haces transgresor de la ley. (Santiago 2, 11)
Hablad y obrad como quien debe ser juzgado por una ley de libertad. (Santiago 2, 12)
Porque el juicio será sin misericordia para el que no ha tenido misericordia; pero la misericordia triunfa sobre el juicio. (Santiago 2, 13)
Por el contrario, alguien dirá: "Tú tienes la fe, y yo las obras. Muéstrame, si puedes, tu fe sin obras, y yo con mis obras te mostraré la fe". (Santiago 2, 18)
Abrahán, nuestro Padre, ¿no fue justificado por las obras cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? (Santiago 2, 21)