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Todos lloraban y se lamentaban por ella; pero él dijo: "No lloréis, porque no está muerta; está dormida". (Lucas 8, 52)
Y se reían de él, porque sabían que estaba muerta. (Lucas 8, 53)
Y si no os reciben, al salir de aquel pueblo, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos". (Lucas 9, 5)
El virrey Herodes se enteró de todas estas cosas y estaba desconcertado, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos, (Lucas 9, 7)
Pero Herodes decía: "A Juan yo le corté la cabeza; ¿quién es éste de quien oigo tales cosas?". Y buscaba verlo. A su regreso, los discípulos le contaron todo lo que habían hecho. (Lucas 9, 9)
Al caer el día se le acercaron los doce y le dijeron: "Despídelos para que vayan a las aldeas y caseríos del contorno a buscar alojamiento y comida, pues aquí estamos en descampado". (Lucas 9, 12)
Pero Jesús les dijo: "Dadles vosotros de comer". Ellos le dijeron: "No tenemos más que cinco panes y dos peces. ¡A no ser que vayamos a comprar alimentos para toda esta gente!". (Lucas 9, 13)
Un día que Jesús estaba orando en un lugar retirado y sus discípulos se encontraban con él, les preguntó: "¿Quién dice la gente que soy yo?". (Lucas 9, 18)
Jesús añadió que el hijo del hombre tenía que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los maestros de la ley, ser matado y resucitar al tercer día. (Lucas 9, 22)
¿Qué le vale al hombre ganar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo? (Lucas 9, 25)
Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente. (Lucas 9, 29)
Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero lograron mantenerse despiertos y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. (Lucas 9, 32)