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surgirá la confusión en tu pueblo: todas tus fortalezas serán destruidas, como Salmán arrasó a Bet Arbel el día de la batalla, cuando la madre fue estrellada sobre sus propios hijos. (Oseas 10, 14)
Luchó con el ángel y lo venció, lloró y le imploró misericordia. Lo encontró en Betel, y allí habló con él. (Oseas 12, 5)
Yo, el Señor, soy tu Dios desde el país de Egipto; te haré habitar de nuevo en tiendas, como en los días de nuestro encuentro. (Oseas 12, 10)
Cuando Efraín hablaba, infundía terror en Israel; pero luego se hizo culpable con Baal, y pereció. (Oseas 13, 1)
Oíd esto, ancianos; escuchad, habitantes todos del país. ¿Ha sucedido algo semejante en vuestros días o en los días de vuestros padres? (Joel 1, 2)
¡Ay, qué día; cercano está el día del Señor; que viene como devastación del todopoderoso! (Joel 1, 15)
¡Tocad la trompeta en Sión, dad la alarma sobre mi monte santo; tiemblen todos los habitantes del país, porque llega el día del Señor, porque está cerca! (Joel 2, 1)
¡Día de oscuridad y de tiniebla, día de nubes y de niebla espesa! Como de monte en monte va la aurora; avanza un pueblo numeroso y fuerte, como jamás ha existido y como no habrá más en los años lejanos. (Joel 2, 2)
El Señor da la voz al frente de sus tropas. Sí, innumerable es su ejército, poderoso el ejecutor de su palabra; sí, grande es el día del Señor, muy terrible; ¿quién podrá soportarlo? (Joel 2, 11)
El azote que viene del norte lo alejaré de vosotros y lo guiaré hacia una tierra árida y desolada: su vanguardia hacia el mar oriental, y hacia el mar occidental su retaguardia. Y subirá su mal olor y subirá su fetidez; sí, él ha hecho grandes cosas". (Joel 2, 20)
Hasta en los esclavos y las esclavas derramaré mi espíritu aquellos días. (Joel 3, 2)
El sol se cambiará en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y glorioso. (Joel 3, 4)