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¿A quién podré compararte? ¿A quién te asemejaré, hija de Jerusalén? ¿A quién te igualaré, para poder consolarte, virgen hija de Jerusalén? Porque tu desastre es inmenso como el mar: ¿quién te sanará? (Lamentaciones 2, 13)
Al verte, golpean las manos todos los que pasan por el camino; silban y mueven la cabeza sobre la hija de Jerusalén: "¿Es ésta el dechado de toda hermosura, la alegría de toda la tierra?". (Lamentaciones 2, 15)
El Señor ha realizado su designio, ha cumplido su palabra, la que había decretado hace tiempo: demolió sin compasión, hizo que el enemigo se alegrara de tu suerte, exaltó el poder de tus adversarios. (Lamentaciones 2, 17)
En las calles están tendidos el niño y el anciano; mis vírgenes y mis jóvenes cayeron bajo la espada; tú has sembrado la muerte en el día de tu ira, has degollado sin piedad. (Lamentaciones 2, 21)
Sólo contra mí, una y otra vez, vuelve su mano todo el día. (Lamentaciones 3, 3)
Me apartó del camino y me desgarró, me dejó desolado. (Lamentaciones 3, 11)
Partió mis dientes con un guijarro, me revolcó en la ceniza. (Lamentaciones 3, 16)
Ya no hay paz para mi alma, me olvidé de la felicidad. (Lamentaciones 3, 17)
Que permanezca solitario y silencioso, cuando el Señor se lo impone. (Lamentaciones 3, 28)
Que ponga su boca sobre el polvo: ¡tal vez haya esperanza! (Lamentaciones 3, 29)
Que ofrezca su mejilla al que lo golpea y se sacie de oprobios. (Lamentaciones 3, 30)
¡Examinemos a fondo nuestra conducta y volvamos al Señor! (Lamentaciones 3, 40)