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Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba presenciar alguna señal que él hiciera. (Lucas 23, 8)
Toda la muchedumbre se puso a gritar a una: «¡Fuera ése, suéltanos a Barrabás!» (Lucas 23, 18)
Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. (Lucas 23, 27)
Había encima de él una inscripción: «Este es el Rey de los judíos.» (Lucas 23, 38)
y, después de descolgarle, le envolvió en una sábana y le puso en un sepulcro excavado en la roca en el que nadie había sido puesto todavía. (Lucas 23, 53)
El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, (Lucas 24, 22)
y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía. (Lucas 24, 23)
Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. (Juan 1, 32)
Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. (Juan 2, 1)
Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. (Juan 2, 6)
y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado.» (Juan 2, 16)
Se suscitó una discusión entre los discípulos de Juan y un judío acerca de la purificación. (Juan 3, 25)