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La proveyeron de armas y vituallas y depositaron en ella el botín que habían reunido del saqueo de Jerusalén. Fue un peligroso lazo. (I Macabeos 1, 35)
Por ellos los habitantes de Jerusalén huyeron; vino a ser ella habitación de extraños, extraña para los que en ella nacieron, pues sus hijos la abandonaron. (I Macabeos 1, 38)
También a Jerusalén y a la ciudades de Judá hizo el rey llegar, por medio de mensajeros, el edicto que ordenaba seguir costumbres extrañas al país. (I Macabeos 1, 44)
Por aquel tiempo, Matatías, hijo de Juan, hijo de Simeón, sacerdote del linaje de Yehoyarib, dejó Jerusalén y fue a establecerse en Modín. (I Macabeos 2, 1)
Al ver las impiedades que en Judá y en Jerusalén se cometían, (I Macabeos 2, 6)
Acércate, pues, el primero y cumple la orden del rey, como la han cumplido todas las naciones, los notables de Judá y los que han quedado en Jerusalén. Entonces tú y tus hijos seréis contados entre los amigos del rey, y os veréis honrados, tú y tus hijos, con plata, oro y muchas dádivas.» (I Macabeos 2, 18)
Emuló en su celo por la Ley la gesta de Pinjás contra Zimrí, el hijo de Salú. (I Macabeos 2, 26)
La gente del rey y la tropa que estaba en Jerusalén, en la Ciudad de David, recibieron la denuncia de que unos hombres que habían rechazado el mandato del rey habían bajado a los lugares ocultos del desierto. (I Macabeos 2, 31)
Les dijeron: «Basta ya, salid, obedeced la orden del rey y salvaréis vuestras vidas.» (I Macabeos 2, 33)
Ellos les contestaron: «No saldremos ni obedeceremos la orden del rey de profanar el día de sábado.» (I Macabeos 2, 34)
Asaltados al instante, (I Macabeos 2, 35)
Formaron así un ejército e hirieron en su ira a los pecadores, y a los impíos en su furor. Los restantes tuvieron que huir a tierra de gentiles buscando su salvación. (I Macabeos 2, 44)