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Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, (Romanos 7, 18)
Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta. (Romanos 7, 21)
Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, (Romanos 7, 22)
¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? (Romanos 7, 24)
Por consiguiente, ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús. (Romanos 8, 1)
Pues lo que era imposible a la ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne, (Romanos 8, 3)
Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros. (Romanos 8, 11)
Así que, hermanos míos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, (Romanos 8, 12)
pues, si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis. (Romanos 8, 13)
Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! (Romanos 8, 15)
Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados. (Romanos 8, 17)
Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros. (Romanos 8, 18)