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si la obra es consumida, se perderá. Sin embargo, su autor se salvará, como quien se libra del fuego. (I Corintios 3, 15)
Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo. (I Corintios 3, 17)
¡Que nadie se engañe! Si alguno de ustedes se tiene por sabio en este mundo, que se haga insensato para ser realmente sabio. (I Corintios 3, 18)
Porque la sabiduría de este mundo es locura delante de Dios. En efecto, dice la Escritura: Él sorprende a los sabios en su propia astucia, (I Corintios 3, 19)
y además: El Señor conoce los razonamientos de los sabios y sabe que son vanos. (I Corintios 3, 20)
En consecuencia, que nadie se gloríe en los hombres, porque todo les pertenece a ustedes: (I Corintios 3, 21)
Los hombres deben considerarnos simplemente como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. (I Corintios 4, 1)
Ahora bien, lo que se pide a un administrador es que sea fiel. (I Corintios 4, 2)
En cuanto a mí, poco me importa que me juzguen ustedes o un tribunal humano; ni siquiera yo mismo me juzgo. (I Corintios 4, 3)
Es verdad que mi conciencia nada me reprocha, pero no por eso estoy justificado: mi juez es el Señor. (I Corintios 4, 4)
Por eso, no hagan juicios prematuros. Dejen que venga el Señor: él sacará a la luz lo que está oculto en las tinieblas y manifestará las intenciones secretas de los corazones. Entonces, cada uno recibirá de Dios la alabanza que le corresponda. (I Corintios 4, 5)
En todo esto, hermanos, les puse mi ejemplo y el de Apolo, a fin de que aprendan de nosotros el refrán: «No vayamos más allá de lo que está escrito», y así nadie tome partido orgullosamente en favor de uno contra otro. (I Corintios 4, 6)