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En seguida, Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. (Lucas 7, 11)
Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron y Jesús dijo: «Joven, yo te lo ordeno, levántate». (Lucas 7, 14)
El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre. (Lucas 7, 15)
El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región vecina. (Lucas 7, 17)
En esa ocasión, Jesús curó a mucha gente de sus enfermedades, de sus dolencias y de los malos espíritus, y devolvió la vista a muchos ciegos. (Lucas 7, 21)
Cuando los enviados de Juan partieron, Jesús comenzó a hablar de él a la multitud, diciendo: «¿Qué salieron a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? (Lucas 7, 24)
Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. (Lucas 7, 36)
Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. (Lucas 7, 37)
Pero Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». «Di, Maestro», respondió él. (Lucas 7, 40)
Simón contestó: «Pienso que aquel a quien perdonó más». Jesús le dijo: «Has juzgado bien». (Lucas 7, 43)
Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz». (Lucas 7, 50)
Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce (Lucas 8, 1)