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Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, lisiados y paralíticos, que esperaban la agitación del agua. (Juan 5, 3)
Había allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años. (Juan 5, 5)
Pero el enfermo lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí. (Juan 5, 13)
Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. (Juan 6, 2)
Él se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él. Porque el Espíritu no había sido dado todavía, ya que Jesús aún no había sido glorificado. (Juan 7, 39)
Ellos no comprendieron que Jesús se refería al Padre. (Juan 8, 27)
Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. (Juan 11, 1)
María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. (Juan 11, 2)
Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo». (Juan 11, 3)
Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». (Juan 11, 4)
Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. (Juan 11, 6)
Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. (Juan 11, 13)