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La preocupación por el sustento no deja dormir, y priva del sueño más que una grave enfermedad. (Eclesiástico 31, 2)
Escúchame, hijo mío, no me desprecies, y al final comprenderás mis palabras: sé moderado en todas tus acciones y nunca caerás enfermo. (Eclesiástico 31, 22)
Es la ciencia del Señor la que los hizo diferentes, y él diversificó los tiempos y las fiestas: (Eclesiástico 33, 8)
Porque el exceso en las comidas acarrea enfermedades y la glotonería provoca cólicos. (Eclesiástico 37, 30)
Si estás enfermo, hijo mío, no seas negligente, ruega al Señor, y él te sanará. (Eclesiástico 38, 9)
y ellos mismos rogarán al Señor que les permita dar una alivio y curar al enfermo, para que se restablezca. (Eclesiástico 38, 14)
Es preferible el hombre que disimula su necedad al que oculta su sabiduría. (Eclesiástico 41, 15)
¿Dónde pueden ser golpeados todavía, ustedes, que persisten en la rebelión? Toda la cabeza está enferma y todo el corazón dolorido; (Isaías 1, 5)
Voy a cantar en nombre de mi amigo el canto de mi amado a su viña. Mi amigo tenía una viña en una loma fértil. (Isaías 5, 1)
Por eso el Señor de los ejércitos hará que la enfermedad consuma su vigor y dentro de su carne hará arder una fiebre, como el ardor del fuego. (Isaías 10, 16)
Porque languidecen los fértiles campos de Jesbón, la viña de Sibmá, cuyas cepas escogidas dejaban volteados a los señores de las naciones: ellas llegaban hasta Iazer, se perdían en el desierto; sus sarmientos se extendían hasta más allá del mar. (Isaías 16, 8)
Vieron qué numerosas eran las brechas de la Ciudad de David; juntaron agua en la cisterna inferior; (Isaías 22, 9)