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al que en nuestra humillación se acordó de nosotros, ¡porque es eterno su amor! (Salmos 136, 23)
Junto a los ríos de Babilonia, nos sentábamos a llorar, acordándonos de Sión. (Salmos 137, 1)
que la lengua se me pegue al paladar si no me acordara de ti, si no pusiera a Jerusalén por encima de todas mis alegrías. (Salmos 137, 6)
Feliz el que se apoya en el Dios de Jacob y pone su esperanza en el Señor, su Dios: (Salmos 146, 5)
Revela su palabra a Jacob, sus preceptos y mandatos a Israel: (Salmos 147, 19)
Allí atacó a Tolomeo, rey de Egipto. Este retrocedió ante él y huyó, dejando muchos muertos. (I Macabeos 1, 18)
Tembló la tierra por sus habitantes, y toda la casa de Jacob se cubrió de vergüenza. (I Macabeos 1, 28)
Él les habló amistosamente, pero con la intención de engañarlos, y después que se ganó su confianza, atacó sorpresivamente a la ciudad y le asestó un terrible golpe, causando numerosas víctimas entre los israelitas. (I Macabeos 1, 30)
Los impíos se acobardaron ante él, temblaron todos los que hacían el mal, y gracias a él se logró la salvación. (I Macabeos 3, 6)
Puso en aprieto a muchos reyes, alegró a Jacob con sus proezas, y su memoria será eternamente bendecida. (I Macabeos 3, 7)
Jerusalén estaba deshabitada como un desierto, ninguno de sus hijos entraba ni salía. El Santuario había sido pisoteado, los extranjeros ocupaban la Ciudadela, convertida en albergue de los paganos. Había desaparecido la alegría de Jacob, y ya no se oía la flauta ni la cítara. (I Macabeos 3, 45)
y decidieron acabar con los descendientes de Jacob que vivían entre ellos. Por eso comenzaron a matar y exterminar a mucha gente del pueblo. (I Macabeos 5, 2)