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La pasión que quema como un fuego ardiente no se apagará antes de ser satisfecha. El hombre que comete la impureza en su cuerpo no se detendrá hasta que ese fuego lo devore. Para el hombre impúdico cualquier satisfacción es buena, no se calmará hasta que muera. (Sirácides (Eclesiástico) 23, 17)
Lo mismo le ocurrirá a la mujer que engaña a su marido y le da un heredero concebido de un extraño. (Sirácides (Eclesiástico) 23, 22)
En primer lugar desobedeció a la ley del Altísimo, luego pecó contra su marido, y en tercer lugar se manchó con un adulterio, teniendo hijos de un extraño. (Sirácides (Eclesiástico) 23, 23)
Tomé posesión de las olas del mar; míos son la tierra, todos los pueblos y todas las naciones. (Sirácides (Eclesiástico) 24, 6)
porque sus pensamientos son más vastos que el mar y sus proyectos abarcan más que el gran océano. (Sirácides (Eclesiástico) 24, 29)
Pero pensé: "Voy a regar mi jardín, voy a rociar mis flores" ¡Y he aquí que mi arroyo se convirtió en un río, y mi río, en un mar! (Sirácides (Eclesiástico) 24, 31)
Hay tres cosas que hallo hermosas, y que son hermosas tanto para Dios como para los hombres: la unión entre hermanos, la amistad entre prójimos y la perfecta armonía entre marido y mujer. (Sirácides (Eclesiástico) 25, 1)
Si su marido parte a reunirse con sus vecinos, no podrá dejar de suspirar. (Sirácides (Eclesiástico) 25, 18)
Como una cuesta arenosa para los pies de un anciano, así es la mujer habladora para un marido de buen carácter. (Sirácides (Eclesiástico) 25, 20)
Mal humor, impaciencia, reproches... es lo que sucede cuando la mujer manda al marido. (Sirácides (Eclesiástico) 25, 22)
Corazón apenado, cara triste y herida oculta: así sucede con la mujer malvada. Brazos caídos y rodillas vacilantes: ¡ella no hace feliz a su marido! (Sirácides (Eclesiástico) 25, 23)
Feliz el marido de una buena mujer: el número de sus días se duplicará. (Sirácides (Eclesiástico) 26, 1)