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Los creyentes cada vez en mayor número se adherían al Señor, una multitud de hombres y mujeres. (Hechos 5, 14)
«Id, presentaos en el Templo y decid al pueblo todo lo referente a esta Vida.» (Hechos 5, 20)
Cuando oyeron esto, tanto el jefe de la guardia del Templo como los sumos sacerdotes se preguntaban perplejos qué podía significar aquello. (Hechos 5, 24)
Se presentó entonces uno que les dijo: «Mirad, los hombres que pusisteis en prisión están en el Templo y enseñan al pueblo.» (Hechos 5, 25)
Entonces el jefe de la guardia marchó con los alguaciles y les trajo, pero sin violencia, porque tenían miedo de que el pueblo les apedrease. (Hechos 5, 26)
Les trajeron, pues, y les presentaron en el Sanedrín. El Sumo Sacerdote les interrogó (Hechos 5, 27)
y les dijo: «Os prohibimos severamente enseñar en ese nombre, y sin embargo vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre.» (Hechos 5, 28)
Pedro y los apóstoles contestarón: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. (Hechos 5, 29)
El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros disteis muerte colgándole de un madero. (Hechos 5, 30)
Entonces un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, con prestigio ante todo el pueblo, se levantó en el Sanedrín. Mandó que se hiciera salir un momento a aquellos hombres, (Hechos 5, 34)
y les dijo: «Israelitas, mirad bien lo que vais a hacer con estos hombres. (Hechos 5, 35)
Porque hace algún tiempo se levantó Teudas, que pretendía ser alguien y que reunió a su alrededor unos cuatrocientos hombres; fue muerto y todos los que le seguían se disgregaron y quedaron en nada. (Hechos 5, 36)