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Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?» (Marcos 7, 5)
En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres. (Marcos 7, 7)
Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. (Marcos 7, 32)
Tomando al ciego de la mano, le sacó fuera del pueblo, y habiéndole puesto saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntaba: «¿Ves algo?» (Marcos 8, 23)
Después, le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía de lejos claramente todas las cosas. (Marcos 8, 25)
Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. (Marcos 8, 31)
Y muchas veces le ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros.» (Marcos 9, 22)
Pero Jesús, tomándole de la mano, le levantó y él se puso en pie. (Marcos 9, 27)
porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará.» (Marcos 9, 31)
Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. (Marcos 9, 43)
donde su gusano no muere y el fuego no se apaga; (Marcos 9, 48)
Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos. (Marcos 10, 16)