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El verdadero judío lo es interiormente, y la verdadera circuncisión es la del corazón, la que se hace según el espíritu y no según la letra de la Ley. A este le corresponde la alabanza, no de los hombres, sino de Dios. (Romanos 2, 29)
¿Cuál es entonces la superioridad del judío, y qué utilidad tiene la circuncisión? (Romanos 3, 1)
¿Y qué importa que algunos no hayan creído? ¿Acaso su incredulidad anulará la fidelidad de Dios? (Romanos 3, 3)
De ninguna manera: Dios es veraz, y todo hombre, mentiroso, porque como dice la Escritura: Serás reconocido como justo por lo que dices y triunfarás cuando seas juzgado. (Romanos 3, 4)
Ahora bien, si nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿qué conclusión sacaremos? ¿Dios será injusto -me expreso en términos humanos- al dar libre curso a su ira? (Romanos 3, 5)
Pero si con mi mentira, la verdad de Dios sale ganando, para gloria suya, ¿por qué todavía voy a ser condenado como pecador? (Romanos 3, 7)
¿O debemos hacer el mal para que resulte el bien, como algunos calumniadores nos hacen decir? ¡Estos sí merecen ser condenados! (Romanos 3, 8)
En definitiva, entonces, ¿somos o no superiores a los paganos? De ninguna manera. (Romanos 3, 9)
Porque acabamos de probar que todos están sometidos al pecado, tanto los judíos como los que no lo son. Así lo afirma la Escritura: No hay ningún justo, ni siquiera uno; (Romanos 3, 10)
Todos están extraviados, igualmente corrompidos; nadie practica el bien, ni siquiera uno solo. (Romanos 3, 12)
Su garganta es un sepulcro abierto; engañan con su lengua, sus labios destilan veneno de víboras, (Romanos 3, 13)
El temor de Dios no está ante sus ojos. (Romanos 3, 18)