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Pedro, sin embargo, se levantó y corrió hacia el sepulcro, y al asomarse, no vio más que las sábanas. Entonces regresó lleno de admiración por lo que había sucedido. (Lucas 24, 12)
Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo». (Lucas 24, 39)
Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?». (Lucas 24, 41)
y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios». (Juan 1, 36)
Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro. (Juan 1, 42)
Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá. (Juan 2, 17)
Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega. (Juan 4, 35)
Los judíos, admirados, decían: «¿Cómo conoce las Escrituras sin haber estudiado?». (Juan 7, 15)
¡Y miren cómo habla abiertamente y nadie le dice nada! ¿Habrán reconocido las autoridades que es verdaderamente el Mesías? (Juan 7, 26)
Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo a quién se refería. (Juan 13, 22)
Pilato volvió a salir y les dijo: «Miren, lo traigo afuera para que sepan que no encuentro en él ningún motivo de condena». (Juan 19, 4)
Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. (Juan 19, 39)