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Yo más bien aconsejo que todo Israel, desde Dan hasta Berseba, se reúna en torno a ti, tan numeroso como las arenas que hay a orillas del mar, y que tú mismo en persona vayas con ellos. (II Samuel 17, 11)
El rey preguntó: "¿Está bien el joven Absalón?". Ajimás respondió: "Yo vi un gran alboroto en el momento que Joab enviaba a tu siervo, pero no sé lo que era". (II Samuel 18, 29)
El rey preguntó al cusita: "¿Está bien el joven Absalón?". El cusita contestó: "¡Que corran la suerte de ese joven los enemigos de mi señor, el rey, y todos los que se han levantado contra ti para el mal!". (II Samuel 18, 32)
amando a quien te odia y odiando a quien te ama. Hoy has demostrado bien que nada te importan ni los jefes ni los soldados; porque bien sé que, si viviese Absalón y todos nosotros hubiésemos muerto, entonces estarías contento. (II Samuel 19, 7)
Ahora bien, Absalón, a quien habíamos ungido sobre nosotros, ha muerto en la batalla. Entonces, ¿por qué no hacéis algo para que vuelva el rey?". (II Samuel 19, 11)
Tengo ahora ochenta años. ¿Puedo distinguir todavía entre el bien y el mal? ¿Puede saborear tu siervo lo que come y lo que bebe? ¿Puedo escuchar todavía la voz de los cantores y cantoras? ¿Por qué va a ser tu siervo una carga para mi señor, el rey? (II Samuel 19, 36)
Tu siervo hace bien poca cosa con acompañar al rey hasta pasar el Jordán; ¿por qué me concede el rey tal recompensa? (II Samuel 19, 37)
Déjame volver a mi ciudad para morir allí, junto al sepulcro de mis padres. Mi hijo Quimán, tu siervo, que continúe con mi señor, el rey, y haz con él lo que bien te parezca". (II Samuel 19, 38)
Joab preguntó a Amasá: "¿Estás bien, hermano mío?". Y con la mano derecha le agarró de la barba, como para besarle. (II Samuel 20, 9)
Mi casa es estable junto a Dios, porque hizo conmigo un pacto eterno, bien reglamentado y garantizado en todo. Él hace que broten mis triunfos y que se cumplan mis deseos. (II Samuel 23, 5)
Cuando el rey David se hizo viejo, de edad muy avanzada, aunque lo arropaban bien, no entraba en calor. (I Reyes 1, 1)
Pues bien, quiero darte un consejo, para que salves tu vida y la de tu hijo Salomón. (I Reyes 1, 12)