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En cuanto los hombres de Macabeo supieron que Lisias estaba sitiando las fortalezas, comenzaron a implorar al Señor con gemidos y lágrimas, junto con la multitud, que enviase un ángel bueno para salvar a Israel. (II Macabeos 11, 6)
Cuando estaban cerca de Jerusalén, apareció poniéndose al frente de ellos, un jinete vestido de blanco, blandiendo armas de oro. (II Macabeos 11, 8)
Todos a una bendijeron entonces a Dios misericordioso y y sintieron enardecerse sus ánimos, dispuestos a atravesar no sólo a hombres, sino aun a las fieras más salvajes murallas de hierro. (II Macabeos 11, 9)
La mayoría de éstos escaparon heridos y desarmados; el mismo Lisias se salvó huyendo vergonzosamente. (II Macabeos 11, 12)
La carta escrita por Lisias a los judíos decía lo siguiente: «Lisias saluda a la población de los judíos. (II Macabeos 11, 16)
Juan y Absalón, vuestros enviados, al entregarme el documento copiado a continuación, me han rogado una respuesta sobre lo que en el mismo se significaba. (II Macabeos 11, 17)
La carta del rey decía lo siguiente: «El rey Antíoco saluda a su hermano Lisias. (II Macabeos 11, 22)
La carta del rey a la nación era como sigue: «El rey Antíoco saluda al Senado de los judíos y a los demás judíos. (II Macabeos 11, 27)
Sería nuestro deseo que os encontrarais bien; también nosotros gozamos de salud. (II Macabeos 11, 28)
También los romanos les enviaron una carta con el siguiente contenido: «Quinto Memmio, Tito Manilio, Manio Sergio, legados de los romanos, saludan al pueblo de los judíos. (II Macabeos 11, 34)
Seguid en buena salud. Año 148, día quince de Dióscoro.» (II Macabeos 11, 38)
atacó también de noche a los yamnitas e incendió el puerto y la flota, de modo que el resplandor de las llamas se veía hasta en Jerusalén y eso que había 240 estadios de distancia. (II Macabeos 12, 9)