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Raíz de los pensamientos es el corazón, de él salen cuatro ramas: (Eclesiástico 37, 17)
El varón sabio es colmado de bendiciones, y le llaman feliz todos los que le ven. (Eclesiástico 37, 24)
Hijo, por un muerto lágrimas derrama, como quien sufre cruelmente, entona la lamentación; según el ceremonial entierra su cadáver y no seas negligente con su sepultura. (Eclesiástico 38, 16)
Llora amargamente, date fuertes golpes de pecho, haz el duelo según su dignidad, un día o dos, para evitar murmullos; después, consuélate de la tristeza. (Eclesiástico 38, 17)
Si el gran Señor lo quiere, del espíritu de inteligencia será lleno. El mismo derramará como lluvia las palabras de su sabiduría, y en la oración dará gracias al Señor. (Eclesiástico 39, 6)
Muchos elogiarán su inteligencia, jamás será olvidada. No desaparecerá su recuerdo, su nombre vivirá de generación en generación. (Eclesiástico 39, 9)
Como incienso derramad buen olor, abríos en flor como el lirio, exhalad perfume, cantad un cantar, bendecid al Señor por todas sus obras. (Eclesiástico 39, 14)
A la hora del descanso en la cama, el sueño de la noche altera el conocimiento. (Eclesiástico 40, 5)
Los vástagos de los impíos no tienen muchas ramas, las raíces impuras sólo hallan piedra áspera. (Eclesiástico 40, 15)
¡Oh muerte, qué amargo es tu recuerdo para el hombre que vive en paz entre sus bienes, para el varón desocupado a quien en todo le va bien, y todavía con fuerzas para servirse el alimento! (Eclesiástico 41, 1)
¡Qué amables son todas sus obras!: como una centella hay que contemplarlas. (Eclesiástico 42, 22)
El sol apareciendo proclama a su salida: «¡Qué admirable la obra del Altísimo!» (Eclesiástico 43, 2)