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Razías, uno de los ancianos de Jerusalén, fue denunciado a Nicanor. Era hombre amante de sus conciudadanos, muy bien considerado, llamado por su buen corazón «Padre de los judíos», (II Macabeos 14, 37)
Con aliento todavía y enardecido su ánimo, se levantó derramando sangre a torrentes; a pesar de las graves heridas, atravesó corriendo por entre las tropas, y se puso sobre una roca escarpada. (II Macabeos 14, 45)
Supo Nicanor que los hombres de Judas se hallaban en la región de Samaría y decidió atacarlos sin riesgo en el día del descanso. (II Macabeos 15, 1)
Onías había dicho: «Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo y por la ciudad santa, Jeremías, el profeta de Dios.» (II Macabeos 15, 14)
Decretaron todos por público edicto no dejar pasar aquel día sin solemnizarlo, y celebrarlo el día trece del duodécino mes, llamado Adar en arameo, la víspera del Día de Mardoqueo. (II Macabeos 15, 36)
Si te dicen: «¡Vente con nosotros, estemos al acecho para derramar sangre, apostémonos contra el inocente sin motivo alguno, (Proverbios 1, 11)
porque sus pies corren hacia el mal y a derramar sangre se apresuran; (Proverbios 1, 16)
La Sabiduría clama por las calles, por las plazas alza su voz, (Proverbios 1, 20)
llama en la esquina de las calles concurridas, a la entrada de las puertas de la ciudad pronuncia sus discursos: (Proverbios 1, 21)
«¿Hasta cuándo, simples, amaréis vuestra simpleza y arrogantes os gozaréis en la arrogancia y necios tendréis odio a la ciencia? (Proverbios 1, 22)
Convertíos por mis reprensiones: voy a derramar mi espíritu para vosotros, os voy a comunicar mis palabras. (Proverbios 1, 23)
Ya que os he llamado y no habéis querido, he tendido mi mano y nadie ha prestado atención, (Proverbios 1, 24)