Mosaico decorativo

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  • No se podía observar el sábado, ni celebrar las fiestas de nuestros padres, y ni siquiera declararse judío. (II Macabeos 6, 6)

  • Ellos suplicaban al Señor que se dignara mirar a aquel pueblo pisoteado por todos, y se compadeciera del Templo profanado por los impíos. (II Macabeos 8, 2)

  • En efecto, después de haber entrado en la ciudad llamada Persépolis, intentó saquear el templo y apoderarse de la ciudad. Pero el pueblo se amotinó y se defendió con las armas. Antíoco, derrotado por la gente del país, tuvo que emprender una vergonzosa retirada. (II Macabeos 9, 2)

  • que adornaría con los más hermosos presentes el Templo santo que antes había saqueado; que devolvería con creces los objetos sagrados y que proveería con sus propios ingresos los fondos necesarios para los sacrificios; (II Macabeos 9, 16)

  • y finalmente, que se haría judío y recorrería todos los lugares habitados, proclamando el poder de Dios. (II Macabeos 9, 17)

  • Macabeo y sus partidarios, guiados por el Señor, recuperaron el Templo y la Ciudad, (II Macabeos 10, 1)

  • Una vez purificado el Templo, construyeron otro altar. Luego, sacando fuego del pedernal, ofrecieron un sacrificio, después de dos años de interrupción, y renovaron el incienso, las lámparas y los panes de la ofrenda. (II Macabeos 10, 3)

  • El mismo día en que el Templo había sido profanado por los extranjeros -es decir, el veinticinco del mes de Quisleu- tuvo lugar la purificación del Templo. (II Macabeos 10, 5)

  • Después, Judas marchó contra Carnión y contra el templo de Atargatis y mató a veinticinco mil personas. (II Macabeos 12, 26)

  • pero Rodoco, un hombre del ejército judío, revelaba los secretos al enemigo. Por eso fue buscado, detenido y ejecutado. (II Macabeos 13, 21)

  • fue a ver al rey Demetrio hacia el año ciento cincuenta y uno, y le obsequió una corona de oro y una palma, además de los acostumbrados ramos de olivo del templo. Y aquel día, se contentó con eso. (II Macabeos 14, 4)

  • con la orden de matar a Judas y dispersar a sus partidarios, restableciendo a Álcimo como Sumo Sacerdote del Templo más excelso. (II Macabeos 14, 13)


"O Anjo de Deus não nos abandona jamais." São Padre Pio de Pietrelcina