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Cuando eran exterminados los impíos, ella libró a un justo, escapado del fuego que caía sobre las Cinco Ciudades. (Sabiduría 10, 6)
o fieras desconocidas creadas expresamente, llenas de furor, que exhalaran un aliento de fuego, despidieran un humo nauseabundo, o lanzaran de sus ojos terribles rayos: (Sabiduría 11, 18)
En cambio, tomaron por dioses rectores del universo al fuego, al viento, al aire sutil, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa o a los astros luminosos del cielo. (Sabiduría 13, 2)
Los impíos que rehusaban conocerte fueron golpeados por la fuerza de tu brazo: los acosaron lluvias insólitas, granizadas, aguaceros implacables, y el fuego los consumió. (Sabiduría 16, 16)
Pero lo más extraño era que en el agua, que todo lo apaga, el fuego se encendía más, porque el universo combate en defensa de los justos. (Sabiduría 16, 17)
Otras veces, dentro mismo del agua, las llamas ardían con una fuerza superior a la del fuego, para destruir las cosechas de una tierra injusta. (Sabiduría 16, 19)
La nieve y el hielo resistían al fuego sin derretirse, a fin de que supieran que solamente los frutos de los enemigos eran destruidos por el fuego que ardía en medio del granizo y fulguraba bajo la lluvia; (Sabiduría 16, 22)
mientras que, por el contrario, ese mismo fuego olvidaba hasta su propio poder, para respetar el alimento de los justos. (Sabiduría 16, 23)
Porque lo que el fuego no lograba destruir se derretía al simple calor de un tenue rayo de sol, (Sabiduría 16, 27)
Ningún fuego tenía fuerza suficiente para alumbrar, ni el resplandor brillante de las estrellas lograba iluminar aquella horrible noche. (Sabiduría 17, 5)
Solamente brillaba para ellos una masa de fuego que se encendía por sí misma, sembrando el terror, y una vez desaparecida aquella visión, quedaban aterrados y consideraban lo que habían visto peor de lo que era. (Sabiduría 17, 6)
En lugar de esas tinieblas, diste a los tuyos una columna de fuego, para que les sirviera de guía en un camino desconocido y del sol inofensivo en su gloriosa emigración. (Sabiduría 18, 3)