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Cerca todavía de Jerusalén, mientras todos marchaban con ánimo igualmente decidido, se vio a la cabeza de ellos un jinete vestido de blanco, con armadura de oro, que hacía vibrar su lanza. (II Macabeos 11, 8)
Todos tuvieron que huir, pero desarmados y heridos. Hasta el mismo Lisias hubo de ponerse a salvo con una fuga vergonzosa. (II Macabeos 11, 12)
La carta de Lisias decía así: "Lisias al pueblo de los judíos, salud. (II Macabeos 11, 16)
Juan y Absalón, embajadores vuestros, nos han hecho entrega de vuestras peticiones por escrito y nos han suplicado que ejecutemos lo contenido en ellas. (II Macabeos 11, 17)
La carta de Antíoco decía así: "El rey Antíoco, a su hermano Lisias, salud. (II Macabeos 11, 22)
La carta del rey al pueblo de los judíos es ésta: "El rey Antíoco al consejo de los ancianos y al pueblo judío, salud. (II Macabeos 11, 27)
Si gozáis de buena salud, nos alegramos de ello; también nosotros estamos bien. (II Macabeos 11, 28)
También los romanos les enviaron una carta, que decía así: "Quinto Memmio y Tito Manlio, legados de los romanos, a los de la nación de los judíos, salud. (II Macabeos 11, 34)
Cayó de noche sobre los yamnitas e incendió las naves y el puerto, de forma que se veía el resplandor desde Jerusalén, a una distancia de cuarenta y cinco kilómetros. (II Macabeos 12, 9)
A un kilómetro y medio de allí, cuando marchaban contra Timoteo, salieron contra ellos más de cinco mil soldados de infantería y quinientos de caballería, árabes. (II Macabeos 12, 10)
Se entabló una fuerte batalla, en la cual los de Judas, con la ayuda de Dios, salieron vencedores. Aquellos árabes nómadas, al verse vencidos, pidieron la paz. Por ella se comprometían a darles ganado y ayudarles cuanto pudiesen. (II Macabeos 12, 11)
Judas asaltó una ciudad fortificada con foso y murallas. Vivían en ella gentes de todas las razas, y se llamaba Caspín. (II Macabeos 12, 13)