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Es necesario que el obispo sea irreprochable, como administrador que es de la casa de Dios; no debe ser arrogante, ni colérico, ni borracho, ni amigo de peleas ni de negocios sucios; (Tito 1, 7)
al contrario, debe ser hospitalario, amigo del bien, prudente, justo, religioso, con dominio de sí mismo, (Tito 1, 8)
guardador fiel de la doctrina que se le enseñó, para que sea capaz de animar a otros y de refutar a los que contradicen. (Tito 1, 9)
Pues hay muchos insubordinados, charlatanes y embaucadores, sobre todo entre los judíos convertidos, (Tito 1, 10)
a los que es preciso tapar la boca. Revuelven familias enteras enseñando lo que no deben, llevados por el ansia de ganancias sucias. (Tito 1, 11)
Ya dijo uno de ellos, su propio profeta: "Los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias, glotones y gandules" (Tito 1, 12)
¡Y qué verdad es! Por eso, repréndelos con energía, para que se mantengan sanos en la fe (Tito 1, 13)
y dejen de prestar oídos a fábulas judaicas y a preceptos de hombres que vuelven sus espaldas a la verdad. (Tito 1, 14)
Hacen profesión de conocer a Dios, pero le niegan con las obras, pues son odiosos y rebeldes, incapaces de hacer nada bueno. (Tito 1, 16)
Tú, en cambio, predica lo que está conforme con la sana doctrina. (Tito 2, 1)
Que los ancianos sean sobrios, hombres ponderados, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la paciencia; (Tito 2, 2)
a fin de que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, (Tito 2, 4)