Mosaico decorativo

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  • Yo protegeré a esta ciudad para salvarla en atención a mí mismo y a David, mi siervo". (II Reyes 19, 34)

  • "Vuélvete y di a Ezequías, jefe de mi pueblo: Esto dice el Señor, Dios de tu padre David: He escuchado tu oración y he mirado tus lágrimas. Te voy a devolver la salud. Dentro de tres días podrás ir al templo del Señor. (II Reyes 20, 5)

  • Añadiré a tus días quince años, te libraré a ti y a esta ciudad de las manos del rey de Asiria y protegeré a esta ciudad en atención a mí mismo y a mi siervo David". (II Reyes 20, 6)

  • Y hasta puso la imagen de Aserá en el templo del Señor, del que el Señor había dicho a David y a Salomón, su hijo: "En este templo y en Jerusalén, elegida por mí entre todas las tribus de Israel, pondré mi nombre para siempre; (II Reyes 21, 7)

  • Hizo lo que es justo a los ojos del Señor y anduvo por los caminos de su padre David, sin apartarse a derecha ni a izquierda. (II Reyes 22, 2)

  • Se llevó también a todos los ricos, unos siete mil, y a los herreros y cerrajeros, unos mil, todos ellos hombres aptos para la guerra. (II Reyes 24, 16)

  • al eunuco que tenía a su cargo a la gente de la guerra y a cinco hombres de los íntimos del rey que se encontraban en la ciudad, al secretario del general del ejército que alistaba a la gente del país y a sesenta hombres que había en la ciudad. (II Reyes 25, 19)

  • a Osen, el sexto, y a David, el séptimo. (I Crónicas 2, 15)

  • Hijos de David nacidos en Hebrón: Amnón, el primogénito, de Ajinoán de Yezrael; Daniel, el segundo, de Abigaíl de Carmelo; (I Crónicas 3, 1)

  • Éstos fueron los seis hijos que le nacieron a David en Hebrón, donde reinó siete años y seis meses. Después reinó treinta y tres años en Jerusalén, (I Crónicas 3, 4)

  • Todos éstos fueron los hijos de David, sin contar los hijos de las concubinas. Tenían una hermana que se llamaba Tamar. (I Crónicas 3, 9)

  • Bet-Marcabot, Jasar-Susín, Bet-Birí y Saaráyim. Éstas fueron sus ciudades hasta el reinado de David. (I Crónicas 4, 31)


"No tumulto das paixões terrenas, surge a grande esperança da misericórdia inexorável de Deus." São Padre Pio de Pietrelcina