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Como el crujir de las zarzas en el fuego, así es la risa de los necios. También esto es vanidad. (Eclesiastés 7, 6)
Ella: Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo; porque es fuerte el amor como la muerte; inflexibles, como el infierno, son los celos. Flechas de fuego son sus flechas, llamas divinas son sus llamas. (Cantar 8, 6)
Ella, mientras eran exterminados los malvados, salvó al justo, que huía del fuego caído sobre las cinco ciudades. (Sabiduría 10, 6)
sino que tuvieron por dioses rectores del mundo al fuego, al viento, al aire ligero, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa o a los luceros del cielo. (Sabiduría 13, 2)
Los malvados que no quisieron conocerte fueron azotados por tu brazo poderoso; perseguidos con extrañas lluvias, con granizadas y aguaceros para los que no había cobijo, y el fuego los devoró. (Sabiduría 16, 16)
Y lo extraño era que en el agua, donde todo se apaga, el fuego se volvía más voraz, pues la naturaleza combate por los justos. (Sabiduría 16, 17)
Otras, en cambio, aun en medio del agua, la llama ardía con más fuerza que el fuego, para destruir los frutos de una tierra injusta. (Sabiduría 16, 19)
Nieve y hielo resistían el fuego sin fundirse, para que conociesen cómo eran destruidos los frutos de los enemigos por el fuego que ardía aun entre el granizo y fulguraba en medio de las lluvias. (Sabiduría 16, 22)
En cambio, este mismo fuego se olvidaba de su propia fuerza, para que los justos se alimentaran; (Sabiduría 16, 23)
Pues lo que no era destruido por el fuego se derretía simplemente calentado por un tenue rayo de sol, (Sabiduría 16, 27)
Ni el fuego más potente era capaz de dar luz, ni la llama brillante de los astros podía iluminar aquella noche horrenda. (Sabiduría 17, 5)
El fuego en el agua redoblaba su propia fuerza, y el agua olvidaba su fuerza extintora. (Sabiduría 19, 20)