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Resolví en mi corazón regalar mi cuerpo con el vino, guiando mi corazón con la sabiduría, y entregarme a la necedad para ver dónde está la felicidad de los hombres y lo que hacen debajo de los cielos durante los días de su vida. (Eclesiastés 2, 3)
Me hice estanques de agua para regar con ellos un bosque fértil. (Eclesiastés 2, 6)
No hay más felicidad para el hombre que comer y beber y gozar él mismo del bienestar de su trabajo. Y yo considero que esto viene de la mano de Dios. (Eclesiastés 2, 24)
Quién, en efecto, puede comer, o quién puede beber sin él? (Eclesiastés 2, 25)
No hay para ellos otra felicidad que gozar y procurarse el bienestar durante su vida. (Eclesiastés 3, 12)
Pero el que uno coma y beba y goce de la felicidad en todo su trabajo, eso es un don de Dios. (Eclesiastés 3, 13)
Sí que he visto que no hay otra felicidad para el hombre que gozarse en sus obras, porque ésta es su condición. Pues, ¿quién le llevará a gozar de lo que vendrá después? (Eclesiastés 3, 22)
Y felicito a los muertos porque ya están muertos, antes que a los vivos que todavía viven. (Eclesiastés 4, 2)
Y más feliz que unos y otros es el que aún no ha existido y no ha visto las injusticias que se cometen bajo el sol. (Eclesiastés 4, 3)
No seas precipitado en tu boca, y tu corazón no se apresure a proferir una palabra delante de Dios, porque Dios está en los cielos y tú estás en la tierra; por eso sean pocas tus palabras. (Eclesiastés 5, 1)
Un hombre que haya tenido cien hijos y haya vivido muchos años, si no se hartó de felicidad y no tuvo ni siquiera una sepultura, en este caso yo digo que el abortivo es más feliz que él. (Eclesiastés 6, 3)
Aun cuando hubiera vivido dos veces mil años sin gustar la felicidad, ¿no van ambos al mismo lugar? (Eclesiastés 6, 6)