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Los ojos del Señor Dios están sobre el reino pecador, y lo aniquilaré sobre la superficie de la tierra; sin embargo, no exterminaré completamente a la casa de Jacob, dice el Señor. (Amós 9, 8)
A espada morirán todos los pecadores de mi pueblo, los que dicen: "No se acercará a nosotros ni nos alcanzará la desgracia". (Amós 9, 10)
Si vinieran a ti ladrones o salteadores durante la noche, ¿no robarían todo lo que pudieran? Si vinieran a ti vendimiadores, ¿te dejarían otra cosa que lo que queda de rebusco? (Abdías 1, 5)
Los marineros, aterrados, comenzaron a invocar cada uno a su dios; luego echaron al mar la carga para aligerar el peso. Jonás, mientras tanto, que había bajado al fondo de la nave, se había acostado y dormía profundamente. (Jonás 1, 5)
Él respondió: "Soy hebreo y adoro al Señor, Dios del cielo, que hizo el mar y la tierra". (Jonás 1, 9)
Los que adoran vanos ídolos dejan de ser leales. (Jonás 2, 9)
A lo mejor Dios cambia de parecer, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos". (Jonás 3, 9)
Al salir el sol, Dios mandó un viento sofocante del este, y el sol abrasador caía sobre la cabeza de Jonás, el cual, a punto de desvanecerse, se deseaba la muerte y decía: "Más vale morir que vivir". (Jonás 4, 8)
También a vosotros os traeré un conquistador, habitantes de Maresá. Hasta Adulán llegará la gloria de Israel. (Miqueas 1, 15)
Haré desaparecer de en medio de ti tus ídolos y tus estelas, y no adorarás más la obra de tus manos. (Miqueas 5, 12)
Sus ricos están llenos de injusticia, sus habitantes hablan falsedad, en su boca hay una lengua engañadora. (Miqueas 6, 12)
¡Ay de mí, que soy como un espigador en verano, como un rebuscador tras la vendimia! No hay un racimo que comer, ni un higo temprano que apetezco tanto. (Miqueas 7, 1)