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Los que habían huido, al ver esto, se volvieron a él, y con él persiguieron al enemigo hasta su campamento de Quedes, donde acamparon. (I Macabeos 11, 73)
Te perdonamos, además, los fallos y errores cometidos hasta hoy, así como la corona que debes. No será exigido desde ahora cualquier otro tributo que grave sobre Jerusalén. (I Macabeos 13, 39)
Simón llegó a un acuerdo con ellos y dejó de luchar; pero los echó de la ciudad, purificó las casas donde habían estado los ídolos y entró cantando alabanzas y bendiciones al Señor. (I Macabeos 13, 47)
Fortificó las ciudades de Judea y de Bet Sur, villa fronteriza de Judea, donde antes se encontraban las fuerzas enemigas, y destacó allí una guarnición judía. (I Macabeos 14, 33)
A sus órdenes los judíos consiguieron expulsar a los paganos de los territorios ocupados, especialmente de la ciudad de David, Jerusalén, donde habían construido una ciudadela, de la que salían profanando los aledaños del templo e infligiendo graves ofensas a su santidad. (I Macabeos 14, 36)
Desde ahora y para siempre te perdono todo lo que debes al rey y debas en el futuro; (I Macabeos 15, 8)
Sabía las calamidades que le esperaban al haberlo abandonado su ejército. (I Macabeos 15, 12)
Cuando esto se hizo público y se comunicó al rey de Persia que en el lugar donde los sacerdotes cautivos escondieron el fuego había aparecido agua con la que los compañeros de Nehemías santificaron el sacrificio, aquél, después de comprobar el hecho, hizo (II Macabeos 1, 33)
Se dice también en los documentos que el profeta, ilustrado por revelación de Dios, mandó que llevaran tras él el tabernáculo y el arca. Salió hasta el monte a donde Moisés había subido para contemplar la tierra prometida por Dios. (II Macabeos 2, 4)
hasta los reyes honraban el lugar santo y lo enriquecían con ricos dones; (II Macabeos 3, 2)
Las mujeres, con cilicios bajo los pechos, invadían las calles; las doncellas encerradas, unas corrían a las puertas, otras subían a las murallas, otras miraban por las ventanas. (II Macabeos 3, 19)
Encendido en indignación, quitó inmediatamente la púrpura a Andrónico e hizo que le rasgaran las vestiduras y lo llevaran por toda la ciudad hasta el lugar donde había cometido el crimen contra Onías. Allí mismo mandó matar al asesino; Dios le dio así el castigo merecido. (II Macabeos 4, 38)