Mosaico decorativo

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  • Bendito sea Dios, que hizo morir a los sacrílegos. (II Macabeos 1, 17)

  • Al cabo de muchos años, cuando Dios quiso, Nehemías, enviado por el rey de Persia, mandó a los descendientes de aquellos sacerdotes que lo habían escondido en busca del fuego. Según ellos nos dijeron, no encontraron fuego, sino un agua muy espesa, y mandó que se la llevaran. (II Macabeos 1, 20)

  • Ésta era la oración: Señor, Señor Dios, creador de todas las cosas; el terrible, poderoso, justo, clemente; (II Macabeos 1, 24)

  • reúne a los nuestros dispersos, libra a los que viven en esclavitud en medio de las gentes, protege a los que son despreciados y aborrecidos, y conozcan los pueblos que tú eres nuestro Dios. (II Macabeos 1, 27)

  • que les dio la ley y les recomendó que no olvidaran los preceptos de Dios, y que no se dejaran seducir al ver los ídolos de oro y plata y sus adornos. (II Macabeos 2, 2)

  • Se dice también en los documentos que el profeta, ilustrado por revelación de Dios, mandó que llevaran tras él el tabernáculo y el arca. Salió hasta el monte a donde Moisés había subido para contemplar la tierra prometida por Dios. (II Macabeos 2, 4)

  • Jeremías, al enterarse, los reprendió y dijo: Este lugar quedará ignorado hasta que Dios realice la reunión de su pueblo y tenga misericordia de él. (II Macabeos 2, 7)

  • Esperamos que, así como Dios salvó a todo su pueblo y le dio la tierra de promisión, el reino, el sacerdocio y el santuario, (II Macabeos 2, 17)

  • Todos imploraban al Dios omnipotente que los depósitos fueran guardados con seguridad para quienes los habían depositado. (II Macabeos 3, 22)

  • Estaba ya con su escolta junto al tesoro del templo, cuando el Señor de los espíritus y rey de todo poder se manifestó con tan gran majestad que todos los que se habían atrevido a entrar en el templo, fulminados a la vista del poder de Dios, quedaron impotentes y atemorizados. (II Macabeos 3, 24)

  • Así era llevado, incapaz de valerse por sí mismo, aquel que poco antes había entrado arrogante en la sala del tesoro con gran séquito y numerosa escolta, reconociendo todos claramente el poder de Dios. (II Macabeos 3, 28)

  • Los judíos bendecían al Señor, que había glorificado su santuario y había llenado de gozo y alegría aquel templo, poco antes inundado de temor y de turbación, por la extraordinaria manifestación de Dios. (II Macabeos 3, 30)


"Desapegue-se daquilo que não é de Deus e não leva a Deus". São Padre Pio de Pietrelcina