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No se podía mirar el rostro del sumo sacerdote sin quedar estremecido, pues su aspecto y su palidez demostraban la angustia de su interior. (II Macabeos 3, 16)
Estaba ya con su escolta junto al tesoro del templo, cuando el Señor de los espíritus y rey de todo poder se manifestó con tan gran majestad que todos los que se habían atrevido a entrar en el templo, fulminados a la vista del poder de Dios, quedaron impotentes y atemorizados. (II Macabeos 3, 24)
creció tanto la enemistad, que uno de los partidarios de Simón cometió algunos asesinatos. (II Macabeos 4, 3)
Antíoco se entristeció profundamente y se movió a compasión, y lloró al recordar la sabiduría y la prudencia del difunto. (II Macabeos 4, 37)
Antíoco robó sesenta y un mil kilos de plata del templo, y partió rápidamente para Antioquía, pensando en su orgullo y soñando en su vanagloria que podría navegar por tierra y andar a pie por el mar. (II Macabeos 5, 21)
No se podía celebrar el sábado, ni guardar las fiestas patrias, ni ser llamado o declararse judío. (II Macabeos 6, 6)
En tanto que el Señor tiene paciencia con las otras gentes para darles el castigo cuando han llegado a la plenitud de la maldad, quiere conducirse con nosotros de una manera muy diversa. (II Macabeos 6, 14)
A punto de expirar, dijo: "Tú, criminal, nos quitas la vida presente; pero el rey del mundo nos dará después una vida eterna a los que morimos por sus leyes". (II Macabeos 7, 9)
A continuación fue torturado el tercero. Le mandaron sacar la lengua; la sacó rápidamente (II Macabeos 7, 10)
Pero no pienses que tú vas a quedar sin castigo, pues te has atrevido a desafiar a Dios". (II Macabeos 7, 19)
Dios, creador del mundo, que formó el género humano y ha creado cuanto existe, él os dará de nuevo el espíritu y la vida por su misericordia, ya que por sus santas leyes la despreciáis". (II Macabeos 7, 23)
Antíoco sospechaba que lo despreciaba, y pensó que también lo recriminaba. Pero, con todo, al más joven, que quedaba todavía, no solamente le exhortaba con palabras, sino que le prometía con juramento enriquecerlo de una vez y hacerle el más feliz, y, una vez que hubiera renegado de su religión y abandonado las leyes patrias, tenerle como amigo, proveerle de todo lo necesario y darle un cargo de gobierno. (II Macabeos 7, 24)