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sin perder un instante, fue corriendo con soldados y oficiales. Ellos, al ver al comandante y a los soldados, dejaron de sacudir a Pablo. (Hechos 21, 32)
El comandante llegó, agarró a Pablo y mandó sujetarlo con cadenas; luego preguntó quién era y qué había hecho. (Hechos 21, 33)
Cuando estaban para meterlo en la fortaleza, Pablo dijo al comandante: "¿Puedo decirte una cosa?". Y él dijo: "¿Sabes griego? (Hechos 21, 37)
Pablo dijo: "Yo soy judío, ciudadano de Tarso, una ciudad no desconocida de Cilicia. Te ruego que me permitas hablar al pueblo". (Hechos 21, 39)
El comandante se lo permitió. Pablo, puesto en pie sobre las escaleras, hizo ademán al pueblo con la mano, y se hizo un gran silencio. Entonces habló en lengua hebrea: (Hechos 21, 40)
Cuando se derramó la sangre de Esteban, tu testigo, yo mismo estaba allí, consintiendo y guardando las ropas de los que lo mataban. (Hechos 22, 20)
el comandante mandó meterlo en la fortaleza, con orden de que lo azotaran a ver si confesaba y lograba saber por qué gritaban así contra él. (Hechos 22, 24)
Pero cuando le iban a sujetar con correas, Pablo dijo al oficial allí presente: "¿Está permitido azotar a un ciudadano romano sin haberlo juzgado antes?". (Hechos 22, 25)
Al oír esto, el oficial salió a comunicárselo al comandante: "¿Qué vas a hacer? Este hombre es romano". (Hechos 22, 26)
El comandante fue y le dijo: "Dime, ¿eres romano?". Pablo contestó: "Sí". (Hechos 22, 27)
El comandante dijo: "Yo he conseguido este derecho de ciudadanía mediante una importante suma". Pablo replicó: "Pues yo lo tengo de nacimiento". (Hechos 22, 28)
Al instante los que iban a torturarlo para hacerlo hablar se fueron. Y el comandante tuvo miedo, al darse cuenta de que era romano y que lo había encadenado. (Hechos 22, 29)