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Sitió la ciudad, mientras las naves se situaban en el mar. Así la ciudad quedó cercada por tierra y por mar, sin que nadie pudiera entrar ni salir. (I Macabeos 15, 14)
y muchos se refugiaron en las torres de la campiña de Asdod. Juan incendió la ciudad y murieron unos dos mil enemigos. Juan regresó a Judea sano y salvo. (I Macabeos 16, 10)
Reinando Demetrio, el año 169, nosotros, los judíos, os escribimos en la tribulación y persecución que nos sobrevino en estos años, después de que Jasón y sus partidarios marcharon de la ciudad santa y del reino. (II Macabeos 1, 7)
Porque fue él quien expulsó a los que luchaban contra la ciudad santa. (II Macabeos 1, 12)
recuperaron el templo, célebre en toda la tierra, dieron libertad a la ciudad y restablecieron las leyes a punto de ser abolidas, mostrándoseles propicio el Señor con toda benignidad, (II Macabeos 2, 22)
Mientras la ciudad santa gozaba de una paz completa y se observaban todas las leyes por la piedad del sumo sacerdote Onías y su odio a toda maldad, (II Macabeos 3, 1)
Un tal Simón, de la tribu de Benjamín, inspector del templo, se enemistó con el sumo sacerdote por cuestiones de la administración de la ciudad y, (II Macabeos 3, 4)
Llegó a Jerusalén, y fue recibido amigablemente por el sumo sacerdote y por la ciudad; informó de la denuncia recibida, y preguntó si las cosas eran así en realidad. (II Macabeos 3, 9)
lo cual causó no pequeño alboroto en la ciudad. Los sacerdotes, postrados ante el altar con sus vestiduras sacerdotales, invocaban al cielo, que había ordenado la ley de los depósitos, pidiendo que se guardaran intactos para quienes los habían depositado. (II Macabeos 3, 15)
Al bienhechor de la ciudad, al defensor de su pueblo y al celador de la ley se atrevía a llamar traidor del orden público; (II Macabeos 4, 2)
Fue recibido espléndidamente por Jasón, y toda la ciudad le acompañó y recibió con antorchas y aclamaciones. Desde allí marchó con sus tropas a Fenicia. (II Macabeos 4, 22)
Encendido en indignación, quitó inmediatamente la púrpura a Andrónico e hizo que le rasgaran las vestiduras y lo llevaran por toda la ciudad hasta el lugar donde había cometido el crimen contra Onías. Allí mismo mandó matar al asesino; Dios le dio así el castigo merecido. (II Macabeos 4, 38)