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Todo el pueblo percibía los truenos y relámpagos, el sonido de la trompeta y el monte humeante, y temblando de miedo se mantenía a distancia. (Exodo 20, 18)
Dijeron a Moisés: «Habla tú con nosotros, que podremos entenderte, pero que no hable Dios con nosotros, no sea que muramos.» (Exodo 20, 19)
Respondió Moisés al pueblo: «No temáis, pues Dios ha venido para poneros a prueba, para que su temor esté ante vuestros ojos, y no pequéis». (Exodo 20, 20)
No haréis junto a mí dioses de plata, ni os haréis dioses de oro. (Exodo 20, 23)
Hazme un altar de tierra para ofrecer sobre él tus holocaustos y tus sacrificios de comunión, tus ovejas y tus bueyes. En todo lugar donde haga yo memorable mi nombre, vendré a ti y te bendeciré. (Exodo 20, 24)
Y si me haces un altar de piedra, no lo edificarás de piedras labradas; porque al alzar tu cincel sobre ella queda profanada. (Exodo 20, 25)
Tampoco subirás por gradas a mi altar, para que no se descubra tu desnudez sobre él. (Exodo 20, 26)
Cuando compres un esclavo hebreo, servirá seis años, y el séptimo quedará libre sin pagar rescate. (Exodo 21, 2)
Si el esclavo declara: «Yo quiero a mi señor, a mi mujer y a mis hijos; renucio a la libertad» (Exodo 21, 5)
su amo le llevará ante Dios y, arrimándolo a la puerta o a la jamba, su amo le horadará la oreja con una lezna; y quedará a su servicio para siempre. (Exodo 21, 6)
Si un hombre vende a su hija por esclava, ésta no saldrá de la esclavitud como salen los esclavos. (Exodo 21, 7)
Si no agrada a su señor que la había destinado para sí, éste permitirá su rescate; y no podrá venderla a gente extraña, tratándola con engaño. (Exodo 21, 8)