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y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. (Juan 8, 4)
Le dijeron los judíos: «Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham murió, y también los profetas; y tú dices: "Si alguno guarda mi Palabra, no probará la muerte jamás." (Juan 8, 52)
¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abraham, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo?» (Juan 8, 53)
Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. (Juan 9, 14)
Le dijeron entonces: «¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?» (Juan 9, 26)
Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó (Juan 11, 33)
Pero algunos de ellos dijeron: «Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?» (Juan 11, 37)
Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra. (Juan 11, 38)
Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: «Desatadlo y dejadle andar.» (Juan 11, 44)
Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: (Juan 12, 4)
«¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?» (Juan 12, 5)
Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, (Juan 13, 2)