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Clamé a Yahveh en mi angustia, a mi Dios invoqué, y escuchó mi voz desde su templo, resonó mi llamada en sus oídos. (II Samuel 22, 7)
Porque he guardado los caminos de Yahveh, y no he hecho el mal lejos de mi Dios. (II Samuel 22, 22)
Tú eres, Yahveh, mi lámpara, mi Dios que alumbra mis tinieblas. (II Samuel 22, 29)
Con tu ayuda las hordas acometo, con mi Dios escalo la muralla. (II Samuel 22, 30)
Dios es perfecto en sus caminos, la palabra de Yahveh, acrisolada, él es el escudo de cuantos a él se acogen. (II Samuel 22, 31)
Pues ¿quién es Dios, fuera de Yahveh? ¿Quién Roca, sino sólo nuestro Dios? (II Samuel 22, 32)
El Dios que me ciñe de fuerza y hace mi camino irreprochable. (II Samuel 22, 33)
¡Viva Yahveh bendita sea mi Roca, el Dios de mi salvación sea ensalzado! (II Samuel 22, 47)
El Dios que la venganza me concede y abate los pueblos a mis plantas. (II Samuel 22, 48)
Estas son las últimas palabras de David: Oráculo de David, hijo de Jesé, oráculo del hombre puesto en alto, el ungido del Dios de Jacob, el suave salmista de Israel: (II Samuel 23, 1)
El Dios de Jacob ha hablado, me ha dicho la Roca de Israel. El justo que gobierna a los hombres, que gobierna en el temor de Dios, (II Samuel 23, 3)
Pues firme ante Dios está mi casa, porque ha hecho conmigo un pacto sempiterno, en todo ordenado y custodiado. El hará germinar toda mi salud y todo mi deseo. (II Samuel 23, 5)