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¡Levántate, cierzo, ábrego, ven! ¡Soplad en mi huerto, que exhale sus aromas! ¡Entre mi amado en su huerto y coma sus frutos exquisitos! (Cantar 4, 16)
Yo dormía, pero mi corazón velaba. ¡La voz de mi amado que llama!: «¡Abreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, mi perfecta! Que mi cabeza está cubierta de rocío y mis bucles del relente de la noche.» (Cantar 5, 2)
¡Mi amado metió la mano por la hendedura; y por él se estremecieron mis entrañas. (Cantar 5, 4)
Me levanté para abrir a mi amado, y mis manos destilaron mirra, mirra fluida mis dedos, en el pestillo de la cerradura. (Cantar 5, 5)
Abrí a mi amado, pero mi amado se había ido de largo. El alma se me salió a su huída. Le busqué y no le hallé, le llamé, y no me repondió. (Cantar 5, 6)
Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, si encontráis a mi amado, ¿qué le habéis de anunciar? Que enferma estoy de amor. (Cantar 5, 8)
¿Qué distingue a tu amado de los otros, oh la más bella de las mujeres? ¿Qué distingue a tu amado de los otros, para que así nos conjures? (Cantar 5, 9)
Mi amado es fúlgido y rubio, distinguido entre diez mil. (Cantar 5, 10)
Su paladar, dulcísimo, y todo él, un encanto. Así es mi amado, así mi amigo, hijas de Jerusalén. (Cantar 5, 16)
¿A dónde se fue tu amado, oh la más bella de las mujeres? ¿A dónde tu amado se volvió, para que contigo le busquemos? (Cantar 6, 1)
Mi amado ha bajado a su huerto, a las eras de balsameras, a apacentar en los huertos, y recoger lirios. (Cantar 6, 2)
Yo soy para mi amado y mi amado es para mí: él pastorea entre los lirios. (Cantar 6, 3)