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Amad la justicia, los que juzgáis la tierra, pensad rectamente del Señor y con sencillez de corazón buscadle. (Sabiduría 1, 1)
La Sabiduría es un espíritu que ama al hombre, pero no deja sin castigo los labios del blasfemo; que Dios es testigo de sus riñones, observador veraz de su corazón y oye cuanto dice su lengua. (Sabiduría 1, 6)
Pero los impíos con las manos y las palabras llaman a la muerte; teniéndola por amiga, se desviven por ella, y con ella conciertan un pacto, pues bien merecen que les tenga por suyos. (Sabiduría 1, 16)
Se gloría de tener el conocimiento de Dios y se llama a sí mismo hijo del Señor. (Sabiduría 2, 13)
Nos tiene por bastardos, se aparta de nuestros caminos como de impurezas; proclama dichosa la suerte final de los justos y se ufana de tener a Dios por padre. (Sabiduría 2, 16)
Aunque despliegue por su tiempo su ramaje, precariamente arraigada, será sacudida por el viento, arrancada de raíz por la furia del vendaval; (Sabiduría 4, 4)
se quebrarán sus ramas todavía tiernas, inútiles serán sus frutos, sin sazón para comerlos, para nada servirán. (Sabiduría 4, 5)
Agradó a Dios y fue amado, y como vivía entre pecadores, fue trasladado. (Sabiduría 4, 10)
Radiante e inmarcesible es la Sabiduría. Fácilmente la contemplan los que la aman y la encuentran los que la buscan. (Sabiduría 6, 12)
Pues hay en ella un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, perspicaz, inmaculado, claro, impasible, amante del bien, agudo, (Sabiduría 7, 22)
porque Dios no ama sino a quien vive con la Sabiduría. (Sabiduría 7, 28)
¿Amas la justicia? Las virtudes son sus empeños, pues ella enseña la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza: lo más provechoso para el hombre en la vida. (Sabiduría 8, 7)