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Como jadea la cierva, tras las corrientes de agua, así jadea mi alma, en pos de ti, mi Dios. (Salmos 42, 2)
Dios, tú mi Dios, yo te busco, sed de ti tiene mi alma, en pos de ti languidece mi carne, cual tierra seca, agotada, sin agua. (Salmos 63, 2)
Tú visitas la tierra y la haces rebosar, de riquezas la colmas. El río de Dios va lleno de agua, tú preparas los trigales. Así es como la preparas: (Salmos 65, 10)
dejaste que un cualquiera a nuestra cabeza cabalgara, por el fuego y el agua atravesamos; mas luego nos sacaste para cobrar aliento. (Salmos 66, 12)
Han derramado como agua su sangre en torno a Jerusalén, ¡y nadie sepultaba! (Salmos 79, 3)
Me envuelven como el agua todo el día, se aprietan contra mí todos a una. (Salmos 88, 18)
El agua cubrió a sus adversarios, ni uno solo quedó. (Salmos 106, 11)
Se vistió de maldición como de un manto: ¡que penetre en su seno como agua, igual que aceite dentro de sus huesos! (Salmos 109, 18)
Cuando se aproximaba con su ejército al torrente de agua, dijo Timoteo a los capitanes de sus tropas: «Si él lo pasa primero y viene sobre nosotros, no podremos resistirle, porque nos vencerá seguramente, (I Macabeos 5, 40)
Cuando Judas llegó al borde del torrente de agua, situó a los escribas del pueblo a la orilla y les dio esta orden: «No dejéis acampar a nadie; que todos vayan al combate.» (I Macabeos 5, 42)
Como el beber vino solo o sola agua es dañoso, y en cambio, el vino mezclado con agua es agradable y de un gusto delicioso, igualmente la disposición grata del relato encanta los oídos de los que dan en leer la obra. Y aquí pongamos fin. (II Macabeos 15, 39)
Bebe el agua de tu cisterna, la que brota de tu pozo. (Proverbios 5, 15)